Reseña de la película en Cannes “Carmen y Lola”

Autora: Jessica Kiang
Traducción al castellano: Rebeca Santiago Heredia
Autora: Jessica Kiang
Traducción al castellano: Rebeca Santiago Heredia

Un romance entre gitanas lesbianas según lo previsto

Dos adolescentes entran en conflicto con el conservadurismo y el patriarcado de la comunidad gitana de Madrid cuando se enamoran la una de la otra.

Director: Arantxa Echevarría
Con: Zaira Romero, Rosy Rodríguez, Moreno Borja, Rafaela Leon, Carolina Yuste

1 hora 43 minutos

Puede que al final sea positivo que el subgénero “salir del armario en una cultura represiva” se haya hecho lo suficientemente popular como para que, ya en el 2018, haya superado sus propios tópicos. Sin embargo, es una pena que la bienintencionada película de Arantxa Echevarría Carmen y Lola, que traza el floreciente romance de dos jóvenes pertenecientes a una comunidad gitana de Madrid, se haya abandonado en tantos de esos tópicos. 

Mientras que la narrativa general es ya tan familiar hasta el punto del aburrimiento, lo que diferencia a Echevarría se debe en gran medida a las imágenes de los ritos y rituales de la comunidad gitana española, trabajo realizado por Pilar Sánchez Díaz. Se muestra poca mezcla con la cultura hegemónica, incluso los niños que van al colegio con payos -cualquiera que no pertenezca a la estrictamente jerarquizada y codificada comunidad- aparecen en minoría. 

Lola (Zaira Romero), una joven de dieciséis años, pertenece a la ligeramente liberal generación más joven de gitanas. Su madre, Flor (Rafaela León), quiere un futuro mejor para su hija que la vida de analfabetismo y penurias económicas que ella ha llevado. El padre de Lola (Moreno Borja), por el contrario, desconfía del mundo exterior y, mientras haya “comida en la mesa”, no entiende porqué Lola desea otra cosa que no sea ayudar en el puesto familiar en el mercadillo hasta que su matrimonio y maternidad temprana ocupen el resto de sus días. 

Pero Lola, una artista de grafitis interesada en la ornitología, desea otra cosa, como se puede ver en una de las primeras escenas donde se la ve entrando en un cibercafé para buscar en Google “lesbianas Madrid”. Y, cuando conoce a Carmen (Rosy Rodríguez), una atrevida chica de 17 años que está prometida con el primo de Lola, ese deseo toma forma humana. Al principio Carmen se queda horrorizada cuando su nueva amiga le revela que es lesbiana, pero poco a poco se da cuenta de que lo que siente Lola por ella es recíproco. Tiene lugar así una risueña y virginal relación en la que se cogen de la mano y se besan en los huecos de escaleras desiertas y en piscinas sin agua. 

El reparto, en su mayoría no profesional, se desenvuelve bien, con Romero y Rodríguez encarnando una especie de química en la que los opuestos se atraen. Lola es más callada y reflexiva, una chica poco femenina que se balancea cuando le obligan a ponerse tacones. Carmen es más extrovertida, una defensora del “presume de lo que tienes”, algo que resulta irónico dado que una de las garantías que su padre tiene que dar al padre de su novio es su intocable pureza. “Nunca ha salido sola y sin vigilancia”, asegura su padre, “ni siquiera tiene móvil”.

Parte del problema con Carmen y Lola es que la cultura gitana (para usar su propia palabra) se presenta únicamente en términos de su efecto asfixiante y restrictivo sobre las mujeres jóvenes, por lo que es difícil implicarse en un verdadero dilema. Sus tradiciones, música y esplendor deslumbrante se presentan como aspectos de una ritualización fundamentalmente regresiva y desagradable y que representan la subyugación de las mujeres al hombre, desde las canciones que cantan y la ropa que llevan hasta los servicios religiosos a los que asisten, que son retratados menos como una forma de hallar el bienestar o una expresión de fe y más como una forma respetable para que las niñas se encuentren con maridos potenciales.

Aunque la vida romaní debe tener sus compensaciones, aquí se presenta simplemente como algo de lo que cualquier joven pensante anhelaría escapar. Incluso el atractivo y joven prometido de Carmen, a quien ella apenas conoce, se revela con un lado oscuro. 

Hubiese sido mucho más interesante y dramático si él representase un futuro decente y viable para Carmen. 

De igual manera, la caracterización de las protagonistas es poco real más allá de sus intentos, ruborizándose por la atracción mutua. Inclinando de esta forma la balanza, Echevarría ha mermado parte del potencial dramático de Carmen y Lola, haciendo una película agradable pero lineal, que presenta un único tema, el cual es vivido profunda y genuinamente, pero también es organizado y dócil, justo lo que el primer amor no es.

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